En el tema de la iglesia, después de nuestro fantástico momento con el párroco más majo de la historia (aquel que ni entró en debates para poder casarnos en la ermita) antes que quemarnos con la jerarquía eclesiástica, preferimos pasar al plan B: Buscar un templo cercano que se ajuste a lo que buscamos.
En el pueblo de al lado de Merche (Hondón de las Nieves) hay una ermita preciosa, muy humilde, sencilla y muy ligada a la tradicional romería bianual que se celebra en Aspe. Allí está la Virgen de las Nieves por la que se tiene mucha devoción en la zona y que si finalmente nos casamos allí (eso parece) estaría presente en la ceremonia.
Con el tema del cura lo teníamos claro. Debíamos tener un feeling especial con el sacerdote.
Para ello, conocerlo y charlar con él sobre nuestra manera de entender la fe, Dios, Jesucristo y nuestros valores como cristianos era vital.
Si nos casamos por la Iglesia es porque la persona que lo va a hacer comparte nuestra manera de entender la religión. Sí, no creo que a estas alturas te sorprenda de nosotros, ¿no?
Tenemos una forma particular de vivir la fe cristiana, podría filosofarte aquí sobre nuestras creencias, pero tampoco es cuestión. Lo más importante es que compartir nuestras inquietudes con un sacerdote y escuchar su opinión y punto de vista sobre lo que le comentamos era necesario para casarnos por la Iglesia.
Nos gustan los sacerdotes cercanos, espontáneas, los curas que cumplen casi una labor social en una comunidad pequeña, que escuchan, comprenden, ayudan y orientan desde el respeto y no solo dan consejos basados en el amor y el respeto al prójimo, sino que sobre todo lo fomentan. Esos curas de parroquia, de pie de calle, lejanos de los grandes templos, la pompa, la curia y los altos cargos eclesiásticos, que tan poco tienen que ver con nosotros.
El tema es que en las bodas de oro de los iaios de Merche, un joven vicario ofició la misa.
Un chaval, con energía, positivo y animado, conducía el rito de una manera muy espontánea. Mientras hablábamos sobre lo bien que estaba llevando la misa, Javier, que así se llama, hizo algo que siempre hemos pensado vital en una celebración religiosa. Si estamos de celebración, ¿por qué no aplaudir?
Así que cuando reflexionaba sobre 50 años de unión, se contagió de la emoción y pidió un aplauso para celebrar medio siglo de amor. Ya lo habíamos encontrado.
La siguiente vez que bajamos a Aspe, desayunamos con él. Estuvimos charlando sobre mil cosas, nuestra historia, nuestras inquietudes, su trayectoria... y tras destrozarnos mutuamente la cabeza, acabamos contagiándole nuestra enfermedad por LA GRAN FIESTA DEL AMOR. Quedó encantado.
Que un sacerdote te agradezca que le hagas partícipe de tu historia de amor es muy bonito. En serio, para nosotros lo es.